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“La Sierva de Dios Catalina de
María Rodríguez; en el siglo Josefina Saturnina
Rodríguez de Zavalía, nació en la ciudad de Córdoba
(Argentina), el 27 de noviembre de 1823”.[1] Sus padres Hilario Rodríguez Orduña y Catalina Montenegro, que conformaban un hogar profundamente cristiano, la bautizaron ese mismo día en la Iglesia Catedral de Córdoba. Saturnina era la tercera hija del matrimonio, le precedían Manuela y Petrona. Tres años después del nacimiento de la sierva de Dios llegaría María, quien luego se haría llamar Estaurófila; tras la llegada de la misma quedan huérfanas de madre. El dolor volvería a signarla 6 años después al morir su padre, momento desde el cual quedó al total cuidado de sus tías, las del Signo Orduña, quienes se ocuparon de su crianza y formación. Quien asumió con mayor énfasis esta tarea fue Eustaquia del Signo, que tuviera la misma edad de la madre muerta y que llamaban “Mamita Eustaquia”. Esta niña pertenecía a una distinguida familia de la aristocracia cordobesa que vivía una sólida fe cristiana; y la educación que ella recibió fue acorde a dicha condición social y a la realidad de la época, donde la familia cristiana debía defender sus valores en medio de luchas políticas y militares. A los 17 años, contando con el ejemplo de Eustaquia del Signo en la atención de los Ejercicios Espirituales[2] que eran dirigidos por los sacerdotes de la Compañía de Jesús, decidió hacer sus primeros EE.EE. Es aquí cuando se despierta su vocación religiosa, mas, no encontró en aquel momento el lugar adecuado donde consagrarse a Dios; pues las únicas familias religiosas existentes en Córdoba, Carmelitas Descalzas y Monjas de Santa Catalina, eran de vida contemplativa y en ellas su aspiración de entregarse a Dios en el apostolado activo no encontraba respuesta. Esto la llevó a dedicarse al servicio de los EE.EE y continuar bajo la dirección espiritual de los sacerdotes jesuitas. En 1848, al ser expulsados los jesuitas de Córdoba, Saturnina toma como director espiritual a un sacerdote del clero secular llamado Tiburcio López, quien ejerciera una fuerte influencia en ella cuando insistentemente la pretende en matrimonio el coronel Manuel Antonio de Zavalía. Al respecto encontramos en la Positio la referencia de este hecho: “El coronel Zavalía, que era
amigo del confesor de la joven, le impuso bajo
amenazas de suicidio torcer la voluntad de Saturnina
para aceptar el matrimonio. Esta conducta provocó en
el Sacerdote el temor de una resolución extrema de
Zavalía, por lo cual presionó de tal manera el ánimo
de la Sierva de Dios, que ella se vio, con las
palabras de su director, declarada responsable de la
salvación de un alma. Y en una resolución heroica,
Saturnina tomó como voluntad de Dios la aceptación
del matrimonio con Zavalía.”[3] Es así, que en 1852 contrae matrimonio con Zavalía, quien era viudo y tenía dos hijos, Benito y Deidamia, que eran fruto de su primer matrimonio. Saturnina, a quien su única hija le naciera muerta, se dedicó enteramente a ser una verdadera madre para los dos niños. Acompañó a su esposo en todo momento, espiritualmente cuando él se veía involucrado en acciones bélicas y personalmente cuando lo trasladan en 1860 a la ciudad de Paraná, dejando en cada lugar, un testimonio de entrega incondicional en su vida matrimonial y de piedad y celo apostólico, tanto en la sociedad paranense como cordobesa; pues al regresar ,en 1861, a su ciudad natal continua sirviendo los ejercicios espirituales y busca a través de su parentesco con el Presidente de la República, Santiago Derqui, que vuelvan los jesuitas a Córdoba. Zavalía, una vez terminada su actuación política se dedicó a atender una estancia en Córdoba, donde falleciera el 30 de marzo de 1865. Con este acontecimiento Saturnina recuperaba su libertad y la posibilidad de nuevos horizontes se abrían para ella. El 15 de septiembre de 1865, cuando se dirigía como de costumbre a visitar el Santísimo Sacramento expuesto en la iglesia de las Catalinas, se sintió inundada por un fuerte pensamiento, que se convirtió en su “sueño dorado”, al cual se refirió en sus Memorias: “edificar una casa de Ejercicios, y formar una comunidad de señoras que estuviesen al servicio de ella (...) que observaríamos las Reglas del Instituto de San Ignacio, enseñaríamos la Doctrina los Domingos a las niñas, y asilaríamos a esas mujeres que se lleva a los Ejercicios casi por fuerza y después de concluidos estos (...) causa pena verlas volver a los mismos peligros...”[4] Cabe destacar que Saturnina debió caminar siete años marcados por humillaciones, contradicciones y hasta luchas con su entonces director espiritual Dr. David Luque, para poder ver realizada tal inspiración. Finalmente las dificultades se disiparon con la llegada del Padre José María Bustamante, quien alentó a Saturnina y la ayudó a reunir otras socias para fundar la nueva congregación. Así, el 29 de septiembre de 1872, una pequeña comunidad comenzaba sus ejercicios espirituales y con ellos se iniciaba la fundación de una familia religiosa que desde entonces y hasta nuestros días es un centro de espiritualidad y de comprometida acción apostólica: la congregación de Hermanas Esclavas del Corazón de Jesús. El Dr. David Luque, quien continuara siendo el director espiritual de quien en vida religiosa se comenzó a llamar Catalina de María, fue nombrado, a pedido ella, por la autoridad eclesiástica director de la nueva congregación. Luego de residir, la reciente comunidad, en dos casas que no satisfacían las necesidades de la misma y a su quehacer apostólico, tomaron, el 1 de marzo de 1875 posesión definitiva de lo que se denomina la Casa Madre del Instituto en Barrio General Paz de la ciudad de Córdoba. Pronto, en 1880, comenzó la expansión del Instituto, con las siguientes fundaciones: En 1880, Villa del Tránsito (Provincia de Córdoba). En 1882, Taller de la Sagrada Familia, en la misma ciudad de Córdoba. En 1886, Santiago del Estero, San Juan y Rivadavia (Mendoza). En 1887, Salta. En 1889, Santa Fe y Tucumán. En 1890, ciudad de Mendoza. En 1891, La Rioja; en 1893, Buenos Aires, y en 1895, San Luis.[5] A poco de cumplirse el aniversario de la fundación del colegio de San Luis (15 de marzo de 1895) Catalina de María se entregaba definitivamente a Su Amo en la Casa Madre de la Congregación el domingo 5 de abril de 1896. Finalmente llegaba al encuentro de Quien siempre fuera su descanso, aun en las tormentas que se le presentaran en la cotidianeidad de la vida. Al morir había cuidado con solicitud del rebaño que Dios le había encomendado; a veces visitando a sus hijas, que en ese momento eran más de doscientas; otras a través de sus cartas, que llegaron a ser más de 1600. A ellas, y a quienes hasta nuestros días nacen del sí que esta mujer diera al proyecto de Dios, les dejó sus últimas palabras que son consideradas su testamento espiritual: “Hijas mías os recomiendo la paz, la obediencia y la santa caridad”[6] A continuación os ofrecemos una reflexión sobre los rasgos de Madre Catalina: Una espiritualidad apostólica basada en la maternidad-paternidad de Dios Como el título lo indica abordaremos una clave muy significativa en la espiritualidad de Catalina de María: su maternidad. Comenzaremos con un dato que consideramos significativo para nuestra reflexión: Saturnina se ve a los dos años privada de la presencia de su madre, más Dios pondrá en su camino a su tía Eustaquia del Signo; “Eustaquia fue para ella una verdadera madre y por eso se complacía en llamarla mamita Eustaquia.” Seguramente que en muchos gestos y delicadezas maternales de Catalina se esconderían los de Eustaquia de Signo; así, a quien de niña “la muerte privaba de las ternuras de su madre” Dios le formaría un corazón empecinadamente maternal. Por ello años más tarde descubrimos cómo Saturnina es atenta al más frágil, una mujer de iniciativa que no escatima esfuerzos para auxiliar y salvar al más necesitado, y entiéndase esta “fragilidad” en sentido material y también en sentido espiritual. De hecho, una vez realizada la fundación se revela nuevamente este espíritu maternal que con prontitud percibe la necesidad y ante la misma no puede permanecer tranquila ni inmutable: En referencia a esto hallamos en sus Memorias; y en los Apuntes de la Hermana Ana de la Cruz: “…las hermanas (…) sin exceptuarse la Sra. Rectora, (…) rodeada de chiquillas, no muy atrayentes por cierto a causa de su extremada pobreza, en el vestir y su falta de aseo, les enseñaban desde la señal de la cruz, porque nada sabían.” Esta delicadeza era consecuente con el espíritu que Madre Catalina vivió con las hermanas, y que resalta de forma especial en su trato con las enfermas: “Muy querida hija en el Señor, (...) cuánto me aflige su mal estado de salud! Quisiera volar, hija mía, a darle algún alivio…” Otras manifestaciones de sus deseos de procurar alivio, de adelantarse para atender las necesidades antes que se lo pidan, de su solidaridad y caridad, que triunfan por sobre la fragilidad de quienes tiene a su cargo y que la llevan a estar en los detalles, se esclarecen en las siguientes expresiones y ejemplos extraídos de los Apuntes de la Hermana Ana: “Nunca, dice una hermana, estábamos mejor servidas que cuando nos servía la Madre Fundadora.” Pues durante su vida, Madre Catalina oró por sus hijas, tuvo gestos de ternura, se preocupó por la educación académica y cristiana de niños y jóvenes, tuvo especial delicadeza con los enfermos, se compadeció y atendió con predilección a las niñas pobres, desplegando a cada paso su ser empecinadamente maternal. En ella su maternidad ha sellado su estilo de conducir. Catalina ha podido captar que lo evangélico pasa sencillamente por lo humano y cuanto ella vivía era ejemplar para sus hijas. “Al día siguiente la Madre les dio una de sus muestras de caridad y maternal ternura (…) llamando a cada una de las Hermanas, fue midiéndoles ‘tricotas de lana que había llevado, diciendo: Estos días pensaba que poderles traer y se me ocurrió comprar estos abrigos de lana. ¡Pobrecitas! ¡Están en un clima tan helado! Cuide, Madre, que tengan los abrigos necesarios.’ Al medirnos las tricotas, dice la que esto relata, nos tomaba de la mano y examinaba los abrigos que teníamos como pudiera hacerlo la más solícita y cariñosa madre.” Por otro lado, un pastor cuida advirtiendo el peligro, indicando cual es el mejor camino a seguir, por ello quien conduce pastoreando sabe que tiene la responsabilidad de enseñar, de guiar y también de corregir. En referencia a esto encontramos sobre la Madre Catalina en los Apuntes de Hna. Ana: “Las Superioras, decía en una ocasión, no deben despreciar nada por ser cosa pequeña, porque de lo pequeño se pasa a lo grande, de lo leve a lo grave…” Si bien se exponía a posibles críticas, su manera de corregir tenía en cuenta la integridad de la persona: “Cuando reprendía mostraba firmeza, pero jamás hería ni rebajaba la dignidad personal; siempre enérgica, pero fina y delicada, sin ultrapasar jamás los límites de la altura en sus palabras, menos los de la caridad.” Este estilo de conducción, donde la corrección es constitutiva del amor, forma parte de un pastorear a sus hijas sin caer en maternalismos que lejos de ayudarlas a crecer las hubiera llevado a infantilismos inútiles. Catalina quería que sus hijas Esclavas fueran fuertes mujeres de Dios capaces de dirigir al rebaño que Él mismo les encomendase. Es una mujer que no sólo anima a su comunidad y a quienes la rodean sino que, como Buen Pastor, comparte la vida y los trabajos de sus hijas, involucrándose respecto a cada persona y con la obra que tiene a cargo. Para palpar esto en su vida, leamos lo que una hermana de comunidad nos dice: “¿Y qué diremos de la solicitud y ternura con que ella se compadecía y compartía el trabajo de sus hijas? Viérasela con gusto, con su blanco delantal, ya barriendo los corredores y levantando las basuras (…) Por otro lado, al leer su historia, se percibe con prontitud que a este saber trabajar con otras se debe en gran medida, la realización de su sueño dorado: La Fundación del Instituto de las Hermanas Esclavas de Corazón de Jesús; como también el poder sostenerlo y conducirlo. De hecho nuestra Madre Fundadora era una mujer sagaz que buscaba en su entorno los caminos que hicieran posible su proyecto. Su humildad la engrandece, pues es una mujer que lejos de toda autosuficiencia se deja ayudar, se asesora, toma consejo, pasos necesarios a la hora de poner todo en Dios y discernir cuál es Su Voluntad. Comprobamos, a través de estas líneas cómo en la vida de Madre Catalina de María se moldeó la MATERNIDAD como un marcado rasgo de su personalidad y como un estilo de conducción propio, cargado de una feminidad que entremezcló equilibradamente la dulzura y la firmeza, que la llevó a estar atenta a todo, que la impulsó a proporcionar alivio a las “fragilidades” que Dios puso en su camino y que la constituyó en abogada de los débiles. Catalina de María trasparentó con su vida el Rostro materno-paterno de Dios.
[1] CONGREGACIÓN PARA LA CAUSA DE LOS SANTOS, Prot. N. 110 “Canonización de Sierva de Dios Catalina de María Rodríguez” Positio sobre su vida, virtudes y fama de santidad. Vol. 1. Biografía Documentada, Roma: s/e, 1987, pág. V. [2] Los EE.EE (Ejercicios Espirituales) son prácticas espirituales redactadas por San Ignacio de Loyola hacía el año 1522 aproximadamente. (Nuevo Diccionario de Espiritualidad. Ediciones Paulinas. 1983. Madrid) [3] CONGREGACIÓN PARA LA CAUSA DE LOS SANTOS, Prot. N. 110 “Canonización de la Sierva de Dios Catalina de María Rodríguez” Positio sobre su vida, virtudes y fama de santidad. Vol. 1. Biografía Documentada, Roma: s/e, 1987, pág IV [4]BLANCO, José María: “Historia del Instituto de las Esclavas”. Tomo I. Buenos Aires. Imprenta de Amorrortu. 1930. Pág. 238. [5] Cfr. CONGREGACIÓN PARA LA CAUSA DE LOS SANTOS, Prot. N. 110 “Canonización de Sierva de Dios Catalina de María Rodríguez” Positio sobre su vida, virtudes y fama de santidad. Vol. 1. Biografía Documentada, Roma: s/e, 1987, pág.5 [6] CONGREGACIÓN PARA LA CAUSA DE LOS SANTOS, Prot. N. 110 “Canonización de Sierva de Dios Catalina de María Rodríguez” Positio sobre su vida, virtudes y fama de santidad. Vol. 1. Biografía Documentada, Roma: s/e, 1987, pág VII |